Niños Chinos Esclavos del Deporte

Sin lugar a duda el gran desempeño que los atletas chinos, en especial del sorprendente equipo de gimnasia femenil, nos lleva a ver que detrás de ellos hay una gran disciplina que a según tus puntos de vista pueden ser excesivos para un niño o niña, que, según nuestra cultura debería de estar jugando, viviendo su niñez etc.
Impávidos. Azorados. Así vemos los videos de la inhumana e imperfecta búsqueda de la perfección de los atletas en China.

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Duele. Indigna. Escalofría. Ver la forma cruenta en que los cuerpos de niños, de infantes, son torcidos, sometidos a torturas, educados bajo castigos para el castigo.china...

China no crea ni cría campeones. Clona mártires de medallero
Los vídeos son dantescos. Son un culto a la crueldad. Ver a los entrenadores arquear esas osamentas como pretendiendo convertirlas en plástico desafiando a los límites de la naturaleza.

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El documental aterrador explica que los niños son arrancados del seno familiar entre los cinco y los seis años de edad.

Les hurtan, les usurpan, les despojan de familia, de afectos, de sangre, de cuna, de niñez, en una etapa en la vida en que el mundo debe ser un universo perfecto de sonrisas y afectos.china
Cierto: los padres son culpables. Comercian con el hijo que el régimen les permite. Entregan a carne de su carne y sangre de su sangre a un objetivo despiadado: convertirlos en atletas de alta competencia, sin que se respete ni se privilegie la pasión, la vocación por el deporte mismo.

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Los que pudieran ser artistas del deporte, de la gimnasia, la natación, los clavados, por el enamoramiento mismo hacia cada disciplina, al final, terminan convirtiéndose en maquiladores deshumanizados de medallas.

Ganar deja de ser el clímax supremo del que compite, del que anhela, para convertirse, tal vez, en la emancipación del ser humano, en la libertad de esas adolescentes y jóvenes, a las que diría Sabina, les robaron “el mes de abril”.

Hacíamos la referencia el jueves en Nación ESPN ante el testimonio aterrador de las imágenes: siempre será preferible venerar las medallas de plata de las clavadistas mexicanas, en medio de las carencias agrestes del sistema propio, que festinar las preseas de oro de las saetas chinas, al enterarse del calvario que hay detrás de cada estandarte dorado que se cuelgan en su diminuto y flagelado cuello.

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Decíamos entonces, decíamos ahora: Libertades de plata. O esclavitudes de oro.
Se relataba el caso de una pequeña que vivía en el monasterio olímpico, en el destierro, donde sus padres acudían una vez al mes, y además de robarle las alegrías propias de pubertad y adolescencia, le robaron el derecho a la tragedia de saber que su madre y sus abuelos habían muerto.
No se podía perturbar su vida ya turbada y perturbada con los dramas de su propia sangre.
Cierto que esto no es totalmente nuevo. Hay que recordar cómo en los reclusorios de muchos países de Europa del Este se precipitaba química y hormonalmente la menstruación a niñas menores de 10 años para que sus cuerpos ya no se desarrollaran, y sus formas femeninas, con las que naturaleza debiera agraciarlas, se vieran reprimidas.
Sí: la ambición de algo tan banal como un podio olímpico, ha llevado a algunos países a crear Frankensteins de hazañas.
Y la pregunta sin respuesta es cuántos colibrís quedan despedazados en el vía crucis antes de que el sistema del deporte en China entregue a sus halcones olímpicos.
La pregunta es cuántos niños, cuántos infantes, quedan desahuciados, inmovilizados, maltrechos y flagelados en el proceso, y que todavía, al margen del daño físico y espiritual, cargan encima con el estigma imborrable de no haber sido útiles a las pretensiones aviesas de algunos de sus dirigentes.
Porque no todos los cuerpos ni todas las mentes pueden resistir claudicar a sus sueños para convertirse en carne de cañón de ambiciones ajenas.
Y China es aclamada porque domina el medallero, porque dominan aire, tierra y agua olímpicos.
Habría que voltear también hacia el camposanto, donde quedan enterrados, si no cuerpos, sí, sin duda, vidas legítimas que fueron despojadas de su derecho a elegir su propia vida.
Más que nunca, de canción (“Preguntitas”) se vuelve prédica, un extracto de Atahualpa Yupanqui: “Si hay una cosa en La Tierra más importante que Dios es que nadie escupa sangre para que otro viva mejor”.
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http://espndeportes.espn.go.com/los-angeles/blogs/rafa-ramos/_/id/1578568?cc=5200

VIDEO
www.youtube.com/watch?v=KuxAMVUIoj4

Kory

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